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Luis Fernando Couto García

 

Email: lfcg1@alu.ua.es

Ha participado en lecturas poéticas y tertulias literarias de Anuesca.

Aparece en varias Antologías de poesía del Centro de Estudios Poéticos, revista cultural Xaloc y publicaciones en el Diario  Información

 

 Mi Ciudad

 

         No es mi ciudad una ciudad perdida,

descuidada, cautiva, desalmada

harapienta, dormida, esclavizada,

ni débil, ni agotada, ni abatida.

 

         A todo errante da la bienvenida,

el paisanaje se hunde en la humorada,

se oyen risas, y alguna carcajada

agracia su fachada colorida.

 

         Se encuentra linda, limpia de carroña

para que crezca el árbol, un madroño

que, desde que lo ví, siempre retoña.

 

         La vida nace como en el retoño,

solo hace falta dulce carantoña

para tener primavera en el otoño.

 

                        Luis Fernando Couto Garcia

 

Mi Infancia

                                  Mi infancia fue feliz, desobediente

                                                    en Lisboa, culta, antigua, soñadora

                                                    que, antaño, como siempre, se avizora

                    tristeza por los rostros de su gente.

 

   Después Madrid, apasionadamente,

Madrid enlaza noches con la aurora,

Madrid no duerme, vive, va sin hora,

Madrid es luz, es cielo, es mar, es fuente.

 

                                   Luis Fernando Couto Garcia

 

LA TIZA

 

            Sí, era ella, era esa arcilla terrosa blanca, orgullosa de si misma, y, gracias a su propia inteligencia, era un elemento útil para el ser humano, imprescindible para la enseñanza.

            Sí, era ella, la tiza, y estaba allí, en el ámbito de la ciencia, en la universidad, en el momento oportuno y en el sitio adecuado: el sueño de toda tiza que se precie.

            Cierta tarde, avanzada ya la clase que se impartía y a la que yo asistía, Doña Emilia, que así se llamaba la profesora, mujer madura, de estatura media en cuyo rostro destacaban unas facciones expresivas, una sonrisa cautivadora y una mirada acogedora, estaba de pie, situada entre la pizarra, cuyo tamaño ocupaba la mayor parte de la pared del fondo de la estancia, y una mesa de profesores de sobria y recia construcción encima de la cual se podían apreciar tres voluminosos diccionarios que ocupaban la mayor parte del margen derecho del tablero de la mesa.

            Doña Emilia esclarecía los contenidos y formas de una lección con una dicción, nitidez, lógica y clarividencia envidiables: más que explicar dibujaba en el aire. Tiza en ristre, ora esquematizaba, ora se desplazaba ágilmente, ora anotaba en el encerado, ora esbozaba en el aire las distintas y variadas connotaciones que se daban en la materia de que se trataba y que estábamos estudiando: ¡Explicaba una lección magistralmente de Literatura!.

            Fue a concluir…..¡Y sucedió!, sucedió entonces, en ese momento, en el peor momento, en el momento más inoportuno para una distracción, en el momento menos insospechado; era ese momento en el que nunca, bajo ningún concepto, debe interrumpirse una aclaración porque era el momento más importante, el más crucial, a la vez que no menos glorioso, de un razonamiento. En ese preciso instante fue cuando Doña Emilia necesitaba dar a conocer el esquema y utilizar las palabras exactas. Se dirigía al encerado y ….. se dio cuenta de que no poseía la tiza: ¡La tiza no estaba en su mano! ….. ¿Cómo era posible?- se preguntó la profesora en voz alta- ….. ¿Alguien ha visto la tiza? …..

            (La tiza ya emitía una suave y cálida sonrisa).

            La profesora se acercó a la mesa y levantó los folios que tenía esparcidos esperando ver caer y percibir el ruido que haría la tiza al chocar contra el tablero de la mesa, no sucedió nada de lo esperado: ¡Qué contrariedad!.

            Doña Emilia, con gesto grave se había agachado para buscar la tiza en el suelo: ¡Nada!.

            ¡Mire usted  debajo del cepillo de borrar!-indicó un alumno-.

            ¡Claro!. Allí debía estar. El cepillo se encontraba  en la repisa del encerado, y debajo estaría loa dichosa tiza. Doña Emilia pensó-habría hecho algún gesto perdido en su memoria y la habría dejado allí inconscientemente-. Levantó con sumo cuidado el cepillo y …..¡Oh, tampoco se encontraba en aquel lugar!.

            (En este punto ya se oían las desternillantes y abiertas carcajadas, atrayentes, sugestivas y pegadizas de la tiza).

            Había conseguido ella, la tiza, esa composición de arcilla y tierra, esa simulación de piedra, ese cuerpo inerte, gastar la mejor broma que se podía hacer: esconderse, hacerse invisible, jugar al escondite para poner en un simpático aprieto, en un momento esencial, fundamental, a un catedrático, a unos alumnos y al saber humano:

¡Qué travesura!.

            A partir de entonces, siempre que entro en clase, en cualquier aula, y antes de saludar a compañeros y profesores, oigo el eco de las desternillantes y contagiosas carcajadas de la TIZA.Luis Fernando Couto García

 


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